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¿Qué retos tienen las mujeres latinoamericanas para generar emprendimientos de alto impacto?

Es paradójico que muchos de los productos y servicios dirigidos a mujeres y niñas sean diseñados por hombres. Aun hoy, en una época que constantemente llama a la diversidad, no es extraño imaginar un cuarto lleno de hombres pensando en productos que son eminentemente femeninos. ¿Por qué pasa esto? ¿Por qué, incluso con la oportunidad que abre un mercado necesitado de productos para mujeres, los emprendimientos liderados por mujeres son tan escasos?

En los últimos años, la participación de las mujeres en el ambiente de emprendimiento ha aumentado de manera considerable -a nivel global, la actividad de mujeres emprendedoras creció en un 10%-. Sin embargo, hay dos aspectos por aclarar: primero, que muchos de estos emprendimientos no son de alto impacto. Es decir, no generan un impacto considerable en empleos, facturación o responsabilidad social. Y segundo, que este crecimiento está apalancado por regiones y países como Norteamérica, Europa occidental y Australia. Latinoamérica, Asia y África se mantienen con una participación relativamente baja.

Para entender un poco más sobre las implicaciones, retos y oportunidades de los emprendimientos liderados por mujeres, hablamos con dos grandes emprendedoras colombianas: Gigliola Aycardi, cofundadora de Bodytech, y Lilian Simbaqueba, fundadora de LiSim. Tanto Bodytech como LiSim son líderes en sus sectores, en Colombia y a nivel regional, y son claros ejemplos de dos negocios de alto impacto.

El problema de la mentalidad del emprendedor

Hoy en día, a primera vista, se podría decir que al momento de emprender las barreras sociales para hombres y mujeres son similares. Sin embargo, al examinar en detalle la psicología de ambos, las mujeres suelen enfrentar un dilema: el choque entre el rol del emprendedor y el rol tradicional de madre y esposa. Gigliola Aycardi cree este dilema evita que las emprendedoras vayan más allá de un negocio local: “Yo creo que lo importante es pensar en grande. Muchas mujeres piensan que su emprendimiento puede ser un side business a su vida normal como mamás o como esposas o como amas de casa, y piensan que su emprendimiento puede ser una floristería, vender carteras o hacer ropa. O sea, cosas que realmente no generan un alto impacto a nivel de empleo o a nivel de facturación o a nivel social.”

Desde su experiencia, la recomendación de Aycardi es encontrar un balance: “Yo creo que para romper con este paradigma de pequeños negocios uno tiene que tener un balance en su vida y pensar que el papel de un emprendedor es ese, pensar en grande desde el comienzo y no estar sujeto a paradigmas sociales como el de tener un papel distinto en la sociedad.”

Para Lilian Simbaqueba, el asunto se trata de una actitud que, generalmente, hace más eficientes a los hombres: “Las mujeres tenemos menos historia que los hombres en emprendimiento, llevamos menos tiempo en esto. Por eso a veces nos falta mayor apertura mental para recibir ayuda, para aceptar colaboración, ¿no? Queremos hacerlo todo, tendemos a ser muy de microgestión, poner demasiado énfasis a los detalles. Entonces, entre tanto, no tomamos la distancia para ver y poder impulsar las cosas de una manera más eficiente como lo hacen los hombres.”

Claro está, Simbaqueba no sugiere que las mujeres deben apropiarse de un comportamiento más masculino. Al contrario, sugiere que se reivindiquen las cualidades que, muchas veces, se pasan por alto en el entorno empresarial: “Pienso que, sin volvernos hombres, las mujeres para poder crecer más y tener más impacto, tenemos que aprender, desde nuestras cualidades, a tener esa capacidad de tomar mayor distancia, a soltar más, delegar mejor, ser más estratégicas. Porque pienso que cuando logramos hacer cosas grandes, las logramos hacer con unas características más sociales, más humanas, que es lo que nos define como mujeres. Tener impacto de esa manera es aún más interesante.”

¿Qué retos tuvieron?

Gigliola Aycardi es emprendedora porque no quería trabajar para nadie. Nunca duró más de un año en ningún trabajo. A los seis meses se aburría. En eso, ella se considera millennial. A los seis meses creía que sabía más que su jefe y no estaba satisfecha con lo que hacía. Por eso empezó el MBA. Quería trabajar para ella pero sentía que le hacían falta conocimientos adicionales. Desde sus inicios, ella y Nicolás Loaiza –cofundador de Bodytech–, pensaron en el negocio como una compañía con “todas las de la ley”, no como algo de medio tiempo. “Porque el emprendimiento tiene que ser algo de 7 por 24”, dice Aycardi.

Esos primeros días no vinieron sin miedo. La mamá de Aycardi hipotecó su casa para financiarlos. Si fracasaban, su familia se quedaría sin casa. Tal era la preocupación que ellos calcularon que tendrían que trabajar 20 años para pagar todas las deudas. Sin embargo, eso no fue un impedimento para que arrancaran. Hoy, Aycardi ha encontrado un balance: “En mi caso, mi marido es mi balance. Que él haga unas cosas y yo otras, dentro del papel familiar, hace que la vida sea más fácil.”

El reto llegó más tarde para Lilian Simbaqueba. Al comienzo, ella tenía su empresa para divertirse. Le iba bien, se entretenía, viajaba por el mundo, aprendía y era feliz. Y pese a su facilidad con los números, para ella las cifras no eran lo primordial: “Cash is king. Mientras haya plata, todo va bien.” La dificultad llegó al crecer. Su entrada a Endeavor le exigió más, pensar en las metas, enfocarse. Fue difícil centrar su hiperactividad: “Me dijeron ‘enfóquese’ y fue durísimo.” Luego llegó la venta de LiSim. Aunque era algo clave para el crecimiento de la empresa, no fue fácil. Simbaqueba recuerda esto como otro elemento esencial para las mujeres emprendedoras: “Muchas mujeres necesitan esa capacidad de soltar para que sus emprendimientos lleguen ser lo que realmente pueden ser.”

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